17 diciembre, 2009

Todas para mi

Había ido a la playa un temprano día de primavera. El sol no apretaba demasiado, incluso me percaté de que había demasiadas nubes en el cielo. Pero ya era tarde, pues había gastado más de una hora de viaje para llegar exclusivamente a aquella playa nudista, dejada de la mano de Dios. Decidí que nada ni nadie me quitaría el placer de tumbarme tal y como vine al mundo, con algunos años más encima, bajo el astro reluciente a comenzar a tostar mi piel antes que nadie.

Extendí la gran toalla sobre la arena y desnudé mi cuerpo. Había muy poca gente en la playa. El verano aún estaba a algunas semanas de viaje y no era fin de semana, así que pocos éramos los valientes. Crema, gafas de lectura y un libro interesante cuando estoy culo al sol. Gafas de sol y música cuando le muestro la parte frontal de mi anatomía. Me estaba costando, pero poco a poco conseguí sentir intensidad en el calor que llegaba a mi piel. Por desgracia, las nubes se interponían una y otra vez y el viento hacía que las sombras fuesen más frías de lo deseado.

Sentí algo. No sé qué fue. Me hizo levantar la vista y lo que parecía ser una humareda se movía al fondo de la larga playa, alcanzando desde la orilla hasta el fondo de la misma, cerrado por una verja que limitaba con una propiedad privada. No le di importancia y seguí tumbado, desnudo y a la sombra de las nubes. Lo cierto es que no me quedaba mucho rato más allí, pues la hora del almuerzo se acercaba y cada vez que abría mis ojos, una nube más grande que la anterior se acercaba al brillo del sol próximo a taparlo. Empezaba a sentir frío y a pensar que no había sido tan buena idea ser de los primeros. La música paró durante el cambio de canción mientras una pareja de amigos pasaba cerca. Escuché un sincero "No veas el frío que tiene que estar pasando ese ahí, no sé cómo puede estar" sin que su autor se percatase de mi escucha involuntaria.

-Pues tiene razón el tio, me cago en la puta- pensé.

Algunos minutos después volví a levantar la vista. Fue entonces cuando me quedé paralizado...
El espectáculo era impresionante. No podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Era totalmente incapaz de asimilar la información que recibía por la vista. Pero aquello era real y tanta realidad estaba a punto de golpearme en la cara.
No había posibilidad de escapar porque cubrían desde la orilla hasta la verja del fondo. Venían hacia donde yo estaba, imparables, sin miedo, todas para mi. Todas y cada una de las 1400 OVEJAS que plagaban la playa nudista con su correspondiente pastor con perro y cayado.

Al principio pensé, feliz de mi, que pasarían de largo. Que me esquivarían o me rodearían y no me pasaría nada. Pero aquella marea de ganado ovino no parecía que fuese a tener tanta deferencia en su arbitrario movimiento de individuos. Sólo me estaba engañando a mi mismo con aquellas ideas. Engañándome y perdiendo el tiempo, porque apenas transcurrieron unos pocos minutos desde que vi el ejército lanar hasta que terminé mis cábalas; sin embargo, la distancia que habían recorrido en ese tiempo había sido enorme. Por tanto, la distancia que las separaba de mi era cada vez menor.

Guardé caóticamente mis objetos en la mochila. La toalla no entraba con los nervios. Me vi agobiado. Es impresionante ver cómo vas a ser embestido por una línea interminable de ovejas impasibles que apenas están a 10 metros. 9 metros. 8 metros. Me subí el pantalón y abroché el botón, pero no la cremallera. Me calcé las deportivas, sólo medio pie en cada zapatilla. Mochila a la espalda, toalla al hombro y gafas de sol a los ojos (actitud ante todo) y comencé a andar lo más ligero que podía dada mi situación. Acojonado. Aún me pillaban los animales. Cuatro patas corren más que dos y todas aquellas patas tenían mucha prisa.

Por el camino fui alcanzando y acompañando más personas que se habían encontrado en la misma situación. Cuatro gatos playeros habíamos sido desbordados y mientras unos comentaban la jugada yo estaba maldiciendo por tener que correr y evitar al mismo tiempo que las deportivas no se me salgan del pie. No me quiero imaginar qué hubiese ocurrido en esa situación. Quizás las ovejas se hubieran echado sobre mi y no estaría ahora escribiendo estas líneas.

Alivio al fin. Alcancé el final de la playa donde el campo privado terminaba. La verja limitante daba paso a campo abierto y las ovejas desviaron su rumbo justo cuanto las tenía a 1 metro de distancia. Me senté a respirar tranquilamente y me di cuenta de que había tenido una experiencia muy interesante que contar, aunque había llegado hasta temer por mi vida. Terminé de vestirme y ponerme bien las zapatillas deportivas y directo me volví a casa.

Hoy he decidido contar una anécdota porque... no todo va a ser follar, ¿no?




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