09 marzo, 2012

La visita

Aquella sensación siempre me había parecido algo desagradable. El momento de bajar, sentir que flotas pero no. Notar cómo los órganos se quedan en la misma posición, pero el resto de tu cuerpo baja durante los momentos previos al aterrizaje. Así como el despegue me ofrecía una sensación fantástica al pegarme al asiento, el descenso me daba náuseas. Miro por la ventanilla y veo pasar rápidamente la tierra mientras caemos de manera oblicua. Los neumáticos suenan al entrar en contacto con el asfalto de la pista y la velocidad se reduce considerablemente. Observo a lo lejos la pequeña terminal, pequeña comparado desde la que he partido. Leo "Santander" sobre el edificio gris azulado. Ya he llegado.

Nos conocimos en internet, pero ya no recuerdo cuánto tiempo atrás. Hemos hablado por teléfono, nos hemos pasado mensajes de texto, nos hemos enviado correos electrónicos, hemos chateado, nos hemos visto por webcam. Sólo quedaba el último paso, que era conocernos en persona. Después de tanto tiempo se hace extraño, después de tanto hablar y compartir momentos, después de tanto conocernos, quedan pocos secretos. Sin embargo, quedan muchas sensaciones que desvelar, quedan todas aquellas palabras que siempre deseamos convertir en hechos, en sonidos cálidos y aliento cercano.

Sólo llevaba equipaje de mano. Ya antes de partir me dio a entender que no haría falta mucha ropa para lo que ella tenía en mente. Bajé del avión y me dirigí a la terminal. Hacía un día fantástico, no hacía frío ni calor. La luz entraba brillante y el sol calentaba de manera agradable. Fui a la recepción de pasajeros y la localicé rápidamente, morena, sonriente, con ropa llamativa y un cartel que ponía "N". Mi anonimato echado por tierra, pero encantado de ello. Aligeré el paso y nos encontramos, fusionándonos en un abrazo intenso. Al fin.

- ¿Qué tal el viaje? - preguntó.
- Bien, corto, la verdad es que apenas me ha dado tiempo a darme cuenta. He tardado menos en venir aquí que en otros viajes.
(A sonrió)
- ¿Nos tomamos algo?
- De acuerdo, hay un sitio aquí.

Fuimos al otro extremo de la terminal, justo en la parte exterior a la zona de salidas. Sólo había un bar, con el aspecto típico de una franquicia que pretende evocar un ambiente tradicional. Nos pedimos unas cañas y unos pinchos para acompañar. Sin querer ni darnos cuenta, se hizo el silencio. Nos sonreimos. ¿De qué puedes hablar con alguien de quien sabes casi todo? ¿De qué hablar, si el mismo dia anterior ya estuvimos hablando? Peor aún, estuvimos hablando de lo que queríamos hacer, o hacernos. Había ido de turismo, pero el único territorio que pretendía explorar era el que guardaba A bajo la ropa, y ella quería ser mi guía.

- Estás más guapa en persona.
- Y tú.
- ¿También estoy más guapa?
- Sí.
(Nos reimos)
- Creo que el pincho va a ser poca comida- le digo mientras la miro de arriba a abajo, volviendo arriba, hacia los ojos.
- Puede ser...
- Tengo ganas de algo con más cuerpo- le digo, acariciando uno de sus pechos, realizando un círculo completo sobre él, sin vergüenza ninguna delante de todos aquellos desconocidos que no nos importaban en absoluto.

El corto tentempié, de repente, se vuelve una larga comida. La tensión sexual no resuelta llena el ambiente. Nos cubrimos con una burbuja de lujuria, ignorada por el resto de personas que nos rodean. El mundo se convierte en algo lento comparado con la actividad que hay dentro de nuestras mentes y nuestro cuerpo, dentro de nuestro sistema circulatorio. Nos miramos y sabemos lo que pensamos. Apenas nos hemos tocado, aún no nos hemos besado, y ya no sabemos dónde meternos. Bueno... yo sí sabía dónde quería entrar.

Nos terminamos el aperitivo apresuradamente y pagamos dejando una propina inmerecida. A me llevó al coche y nos dirigimos hacia el hotel donde me hospedaría. Aún no había hecho mi reserva, porque fue todo un poco improvisado, pero no era temporada alta, así que no estaba preocupado por quedarme sin habitación. Más me preocupaba si sería capaz, o si querría, controlarme durante el camino.

Lo cierto es que llevabamos mucho tiempo esperando, con muchas ganas de unir nuestros cuerpos, muchas ganas de darle "salami" como solía decirme. Las ardientes noches hablando en la distancia, las fotografías pornográficas dedicadas y las sesiones de masturbación compartida en la webcam vibraban en nuestra memoria y aparecían con intensidad, con la intención de actualizar y mejorar toda esa información.

Partimos. Voy de copiloto, mala suerte. Las vistas son preciosas, las que veo en el asiento del conductor más todavía. No tengo la obligación de ir atento a la carretera, lo que me deja la mente demasiado libre, en algo la tengo que ocupar.

- Dame conversación - me dijo.
- Otra cosa es la que quiero darte - respondí.
- Dime qué.
- Pollazos.

Nos hablabamos muy sucio, nos ponía mucho a los dos.

- Ya tengo ganas.
- No imaginas las que yo tengo - comento mientras me ajusto el paquete.
- Bufff... no hagas eso.
- O...
- Nos matamos si no estoy pendiente del coche.
- Se me está abultando y me molesta, pero podría ser aún peor.
- O mejor.

Desabroché el botón del pantalón y bajé la cremallera, no sin dificultad. Me levanté del asiento un poco y tiré del pantalón hacia abajo. La ropa interior estaba notablemente abultada. También la deslicé hacia abajo dejando ver mi pene cargado, pero aún a medio levantar. Comencé a tocarme.

- ¿Te gusta mi palanca de cambios? - no pude evitar bromear.
- - dijo tras mirar y sonreir ilusionada.

Empecé a masturbarme allí mismo, delante de ella, dentro del coche. Ella no pudo evitar curiosear el tacto de mi polla un par de veces. Se estaba poniendo muy cerda, lo estaba notando. No tardé en tener el falo realmente gordo y duro, empecé a controlarme porque no buscaba pajearme delante de ella. Eso ya lo había hecho muchas veces, aunque en persona era más morboso. Quería deslizar mi rabo dentro de ella, deslizarlo y moverlo fuerte y dejar que me exprimiese completamente.

- ¿Me vas a tener así todo el viaje o vamos a parar ya para que te folle como te mereces?
- Me lo estoy pensando - sonrió mordiendose el labio.
- Voy a ayudarte a pensar - dije mientras deslizaba mi mano izquierda por su muslo, buscando el hueco entre sus piernas. Noté un calor intenso con sólo acercarme.

A tomó la primera salida que encontramos, con dirección a ningún pueblo interesante y de carretera secundaria. El camino empezó a perder confort. Pocos coches se cruzaban, ajenos a nuestra burbuja lasciva, en una carretera sin carriles señalizados. Estábamos en mitad de la nada, en un paraje lleno de vegetación y junto a un bosque. Salimos por un camino de tierra y nos alejamos del asfalto en busca de mayor intimidad y comodidad.

Finalmente paró el coche, nos quitamos los cinturones de seguridad y comenzamos a besarnos mientras su mano se abalanzaba a pajearme. Su sabor era delicioso; su lengua, juguetona; su pasión, indescriptible. Mejor de lo que había imaginado. Recogí su larga melena mientras saboreabamos nuestros alientos y me separé de sus labios.

- Chupa.

Bajó directa y devoró mi miembro con hambre, con gula, haciendo las delicias de mi mente. Sentí que salía mi líquido preseminal pero ella lo lamía y lo mezclaba en su boca. Tuve que tirar del cabello para separarla del caramelo. Dos pollazos después, restregando mi carne sobre su rostro y mojandola con la mezcla brillosa, volví a invitarla a comer.

- ¿Quieres que te folle?
- Mmmm - dijo sin sacar mi polla de entre sus labios, lo que interpreté como un "por supuesto, ya".
- Salgamos del coche.

Terminé de quitarme el pantalón dentro del coche y salí con el calzado y la camiseta sólamente, todo enrabado y salivado. Ella salió y se arregló un poco el pelo. Nos movimos hacia la parte delantera del coche y nos abrazamos ardientes. Me pajeaba mientras yo le desnudaba el torso y liberaba sus tetas para comermelas inmediatamente después, apretando mi cara contra ellas y restregandome con los labios buscando cada centímetro cuadrado de piel y sujetandome a sus pezones con ellos.

Mientras devoraba sus tetas y ella manchaba sus manos con mis bajos, yo utilizaba las mias para liberarla del pantalón. Cayó el botón, rasgó la cremallera, sentí sus bragas al introducir mis manos tras la tela vaquera, su piel era tersa por todas partes, fantástica. Su sexo tenía algo de vello corto, pero sentía más piel y, sobre todo, lubricación. Usé mis dedos para excitar su clítoris moviéndome sobre él hacia arriba y hacia abajo, en círculos, con una presión controlada y, por el gesto de su rostro, agradable.

- Ponte mirando al coche y agachate - le pedí, aunque con ese tono pudo parecer una orden.

Apoyó las manos sobre la chapa pintada mientras yo me coloqué tras ella. Ajusté mi rabo entre sus nalgas y me froté contra ella mientras intentaba abarcar su culo en mis manos, lo cual era imposible y me encantaba que así fuera. Apreté con mis dedos sus carnes y azoté sus preciosas nalgas. Separé sus piernas todo lo que pude, como si fuera un policía cacheando a una atracadora, amenazando con la porra, azotando su raja empapada con la palma de la mano primero, con la polla durísima después para, finalmente, recorrer toda la raja de arriba hacia abajo buscando entrar.

Froté mi glande contra sus labios internos subiendo por ellos, pero no pude entrar, volví a bajar para repetir el movimiento, de nuevo infructuoso. Comenzó a pedirme desesperada que la follara, con impaciencia. El tercer movimiento fue definitivo, dilaté su interior y me clavé hasta que no pude entrar más, para inmediatamente después sujetarla por las caderas y taladrarla con potencia. Fuerte, rápido, duro. Sabía que era una mujer bastante orgásmica, pero no esperaba que alcanzara tan pronto el primero.

- Mastúrbate - dije mientras aumentaba el ritmo, sabiendo que no tardaría en aparecer un segundo.

Notaba su cuerpo moverse tembloroso, sus pechos botaban al ritmo al que yo llenaba su vagina caliente. Gemía sin miedo a ser escuchada mientras yo respiraba con fuerza y palmeaba con violencia su trasero. Noté cómo gritaba y se retorcía debido a un segundo orgasmo. Éste segundo fue más intenso y despertó en mi unas ganas tremendas de correrme.

- Me quiero correr en tus tetas, bufff - le dije apresurado.

Salí de su maravilloso horno y me retiré, estaba a punto de correrme. Ella se levantó y se dio la vuelta. Aún se estaba agachando cuando descargué el primer chicate sobre su vientre. Los demás sí fueron a parar a sus hermosas tetas, que estaban más blancas y brillantes tras otras tres descargas de semen. A se reía, contenta por haberse corrido, contenta por haber hecho que me corra, feliz por tener las tetas bañadas, y posteriormente restregadas, en leche. Sólo algunos segundos después pudimos respirar más relajadamente.

- Y sólo acabo de llegar, ¿cómo será el fin de semana?


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03 febrero, 2012

El orgasmo femenino

No hacía mucho tiempo que conocía a C; sin embargo, no me hizo falta hacerlo para advertir que "estaba preparada". Su manera de expresarse, sus comentarios y su forma de abrirse a la vida me dieron una imagen preliminar que posteriormente pude corroborar e incluso mejorar una vez estuvimos juntos y abrazados en la misma cama, tras muchas horas de experimentar, sudar, jadear y explayarnos. Supe que con ella sería "fácil" aumentar los límites.

Compré un aceite específico para masajes eróticos. Su olor era muy agradable, aunque el tamaño del bote me hizo pensar que tendría poca cantidad, al menos para cubrir mis expectativas. C no sabía nada, quería que fuera una sorpresa, no quería crear esperanzas, quería saber de verdad hasta dónde podría llegar.

Llegué a su casa y la saludé como se saludan los amigos. Entré y saludé a sus compañeras de piso, como se saluda a los desconocidos. Nos dirigimos a su habitación y cerramos la puerta todo lo que ésta quiso. Sentados en su cama estuvimos charlando un rato de nuestras cosas, aunque no tardamos mucho tiempo en sentir la necesidad de unir nuestros labios y consumar nuestros deseos carnales.

Aunque en ese momento le habría arrancado la ropa con violencia y la hubiera sometido a mi miembro viril, contuve mis ganas y la invité a desnudarse.

-¿No me vas a desnudar tú?- inquirió.
-No, quiero darte un masaje.
-¿Las bragas también?
-Sí, por favor.

Lo cierto es que mi actitud en ese momento no parecía ser demasiado erótica y ella pareció estar un poco desilusionada por no empezar con algo salvaje, pero la idea del masaje pareció gustarle. Nos desvestimos con normalidad uno junto al otro. Ella se desnudó completamente mientras le hablaba sobre el aceite que había llevado. Desde el comienzo supe que sería un punto a mejorar para las siguientes sesiones. Yo me quedé en ropa interior y me senté junto a ella, que yacía boca abajo sobre la cama.

Encendí una vela que había sobre la mesita de noche y cerré las persianas, dejando entrar la luz de la tarde por las rendijas. Vertí una pequeña cantidad de aceite sobre mi mano y comencé a extenderlo sobre su espalda. Poco a poco iba echando más aceite, para lubricar bien toda la piel y permitir el deslizamiento de mis manos sobre ella.

Comencé a activar los puntos de presión, con ligeros y suaves, pero firmes, movimientos de mis dedos y mis manos sobre su espalda. Recorrí los músculos, notando dónde acumulaba su tensión. C llevaba tiempo estudiando, sin salir de la postura sentada y lo podía notar en mis manos. Recorrí su cuello, su columna, sus brazos, su cintura y sus nalgas. Continué bajando por sus muslos, corvas y gemelos. Noté cómo se relajaba y se abstraía del mundo que la rodeaba.

Le pedí que se diera la vuelta. De nuevo estuve masajeando sus brazos, sus manos, su torso, su vientre. Bajé por sus muslos y sus piernas. Estaba muy relajada, así que no debía estar haciendolo demasiado mal, teniendo en cuenta que no soy masajista experto. El tiempo se pasó volando, llevaba ya una hora completa recorriendo su piel con mis manos. A decir verdad, mi intención era estar varias horas así; sin embargo, tenía obligaciones que cubrir más tarde y sobre todo, tenía un bote de lubricante erótico a punto de terminarse.

Decidí que era el momento de poner en práctica una técnica que prometía mucho, especialmente con mujeres como C. Levanté sus piernas y las abrí. Cuando estuve masajeando sus muslos por el interior, notaba que la temperatura subía cuando me acercaba a su vulva, sin embargo, aún no había tocado su sexo. Descargué el contenido restante del aceite sobre mi mano y bañé completamente la superficie. Pude apreciar que estaba notablemente caliente y sensible, más de lo que esperaba.

Extendí el aceite por el exterior, ampliando la zona por arriba y por abajo. Al contrario que en el resto del cuerpo, cuya piel estaba seca, al pasar mis dedos entre los labios de su vulva noté que ya estaba muy lubricada, muy mojada. Introduje mis dedos corazón y anular en el interior de su vagina y C pasó instantáneamente a estar activada. Hubo un gran contraste entre ese momento y los instantes anteriores de relajación. Coloqué mi mano izquierda sobre su abdomen y, sin avisar ni haber realizado nada que pudiera preveerlo, comencé a mover violentamente mi mano derecha, golpeteando el interior de su vagina, actuando directamente sobre su punto G.

Aunque mis expectativas iniciales eran buenas, tenía cierta desconfianza sobre el resultado, por el tiempo del masaje, por la calidad del mismo y otras cuestiones. Sin embargo, lo que vi y sentí superaba aquellas expectativas notablemente. Me quedé asombrado con lo rápido que llegó su primer orgasmo y la potencia que tuvo. Nunca había visto a una mujer tanto tiempo traspuesta, retorciéndose de puro placer. Dejé unos instantes que se relajara y volví a atacar el interior de su vagina con igual o más intensidad que antes.

El siguiente orgasmo no se hizo esperar. Era la primera vez que sentí cómo una riada de fluido vaginal empujaba mi mano hacia fuera. Aquello era lo que se conoce como squirting o eyaculación femenina. Estaba impresionado. El cuerpo de C estaba envuelto en movimientos involuntarios que la hicieron levantarse y ponerse sobre los pies y los hombros exclusivamente. La sujeté por los muslos y pude notar que bajo su piel había un gran número de espasmos nerviosos. Eran orgasmos del cuerpo entero.

-¿Cómo será cuando haga bien el masaje?- me pregunté en silencio.

En parte me lo creía y en parte, no. Estaba advertido, pero verlo es diferente. C no estaba conmigo, estaba en un mundo paralelo donde todo debía ser maravilloso a juzgar por sus gestos. Estaba haciendo esfuerzos sobrenaturales para evitar gemir, para que sus compañeras de piso no la escucharan. Hasta 5 veces se corrió en un tiempo relativamente corto y continuado.

Se quedó un rato tumbada, de lado, aún nerviosa por dentro. Me tumbé junto a ella y la abracé, preguntándole sobre la experiencia. Nunca había visto una sonrisa tan sincera en el rostro de una mujer. Si la satisfacción pudiera tener rostro, sin duda era aquel rostro. Me encantó ver aquello, era maravilloso, indescriptible realmente. Hablábamos y me daba la impresión de que aún no estaba del todo conmigo.

Empecé a sentir la excitación al estar pegado a su cuerpo. Estaba muy empalmado y ella quiso agradecer sus nuevas sensaciones - Orgasmos brutales, dijo- de una manera que me encantaba. Se subió sobre mi a horcajadas y me cabalgó un rato, pero estaba notablemente cansada. Sujeté su cuerpo por la cintura y apuñalé su excitado coño desde abajo hacia arriba. Unimos fuertemente nuestros cuerpos y nos fundimos al alcanzar ambos un intenso orgasmo.

Lamentablemente no tardé mucho en abandonar su casa, puesto que había obligaciones que me esperaban. Cuando salí a la calle vi muchas personas de toda condición, pero me fijé sobre todo en las mujeres, en las infelices mujeres que paseaban por la calle, que vivían preocupadas, aceleradas, que no conocían lo que C acababa de conocer. Las modelos publicitarias no sonreían lo suficiente para engañarme, hasta ese punto llegaba.

Al contrario que casi todas las historias que he escrito, fuente de mis pensamientos y mis deseos, ésta es una historia real que he tenido el enorme placer de experimentar y, con el benepláctido de C, de compartir; por ello, quiero dedicarselo a ella.


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29 diciembre, 2011

La stripper

Hoy te he preparado una sorpresa para cuando llegues a casa.




Estaba intrigado. Recibí ese mensaje en el móvil a media tarde. La llamé un par de veces, pero no me cogió el teléfono. ¿Quizás fue a propósito? También se lo pregunté por WhatsApp y SMS, pero de nuevo recibí el vacío como respuesta. Estaba desconcertado, intrigado y curioso. Quería llegar y ver qué había preparado. Los viernes por la tarde suelen ser poco provechosos en el trabajo porque todos tenemos la cabeza en el fin de semana, en salir a despejar la mente. Más difícil todavía me estaba resultando concentrarme ahora que tenía este mensaje sin más información.
 
No tardé en llegar a casa, aunque sí tardé en encontrar aparcamiento. Los peldaños de la escalera se hacían demasiado numerosos mientras cavilaba con diversas ideas y posibilidades. El maletín chocaba con la barandilla por mi distracción. Saludé a mi vecino brevemente y continué mi camino ascendente. En otros momentos podría estar más interesado en sus historias, pero le dejé con la palabra en la boca. 

-Hasta luego, que he quedado y me tengo que preparar

Al fin alcancé la puerta de nuestro piso. 3º C, aquí es. Introduje la llave en la cerradura y giré. Sólo media vuelta, A estaba en casa. La puerta se abrió suave. Todo parecía normal.

-Hola cariño, ya he vuelto- dije mientras soltaba el maletín y colgaba el abrigo en el perchero.
-Hola- respondió ella, lejana- ve y siéntate en el sofá, ahora voy.

Acepté la invitación y me senté en el sofá. Había movido los muebles de forma que un gran espacio se abría delante de mi. Me despojé de la chaqueta y aflojé la corbata, el grillete que mantenía mi enlace con el trabajo. Ahora podía ser yo mismo.

A apareció con una vestimenta extraña, diferente, sexy. Normalmente ella es rompedora, pero aquella ropa parecía estar hecha para ensalzar ciertas partes de la anatomía femenina en la que los hombres nos fijamos un poco más.

-Si no intentas nada, lo pasaremos muy bien. Si intentas tocar o hacer algo, o me dices algo antes de que termine, esta noche no jugamos, ¿qué me dices?

Me sorprendió la entrada. Primero la vestimenta de oficinista atractiva, después las palabras y por último la actitud chulesca. Normalmente no es así; por contra, suele ser más tímida. Esa actitud de zorra mandona me acababa de excitar y prometía una noche memorable. Llevaba toda la tarde deseando llegar para ver lo que me había preparado y aquí estaba, puesto en bandeja de plata a mi alcance. No podía negarme. No quería negarme.

-Vale, me portaré bien- dije esbozando una sonrisa en mi rostro.


A, satisfecha, se dio la vuelta y se aproximó al equipo de música. Observé el ambiente que había preparado mientras: Cortinas echadas, ventanas cerradas y las mesas no estorbaban. Pulsó el botón de reproducción. La música tardó unos segundos en comenzar. Segundos que ella empleó en apagar las luces del techo. Sólo quedó encendida una pequeña lámpara de luz cálida en la esquina opuesta a donde yo me situaba, por lo que vería su cuerpo en ligeras sombras anaranjadas, algo más rojizas de lo habitual. Me percaté de que había colocado un filtro para ello.

Se colocó dandome la espalda y comenzó a contonear sus caderas a ambos lados, suave y sexy, acompasada con la música. Giró su cabeza y pude ver su perfil. Se mordió el labio. Tenía recogido el cabello con un palo delgado. La chaqueta era corta. La falda lo era aún más. Los tacones no eran tan cortos, más bien al contrario.

Se abrió el cuello de la chaqueta y lo dejó a medio quitar, para que pudiera ver sus hombros moviendose, también al ritmo de la música. Esto acababa de empezar y yo ya estaba nervioso.

Se dio la vuelta. Terminó de quitarse la chaqueta y la tiró sobre la mesa vacía sin mirar. Sólo me miraba a mi. Me miraba fijamente. Me sonreía. Apretó sus pechos bajo la camisa y comenzó a quitarse los botones empezando por arriba. Humedecí mis labios y repasé su cuerpo varias veces con la vista.

3 botones y ya podía ver que no se había puesto el sujetador. Se quitó el 4º y había llegado a la línea de la falda. Volvió a bailar. Habré visto su cuerpo desnudo miles de veces. Habré disfrutado de su tacto incontables ocasiones y ahora mismo sólo deseaba que terminase lo que había comenzado.

Se movía delante de mi, caminaba con autoridad de un lado hacia otro. Se acercaba y me hacía gestos. Sonreía viendome sufrir. Yo estaba encendido. Un poco más cerca. Tócame- pensaba. Se alejó.




Desabrochó su falda con facilidad sin dejar de moverse. Se centraba en disfrutar de la música mientras yo, simplemente, miraba. Bajó la corta falda recorriendo sus piernas alargadas por los tacones. Lo hizo sin flexionar las piernas lo más mínimo. Intenté vislumbrar algo a través del hueco que los botones hacían en la blusa, infructuosamente.

La falda terminó en el suelo y ella se levantó de nuevo. Se quitó el 5º botón, el 6º y ya no había más. Continuó moviéndo su cadera al ritmo de la música mientras levantaba sus brazos disfrutando de las notas. Las dos solapas de la camisa se separaron y pude ver la alargada línea que su cuerpo formaba en el hueco que dejaban. No llevaba sujetador, ni tampoco llevaba braguitas, o tanga, o culotte. No llevaba ropa interior en absoluto. Bajó su mano derecha por el mencionado hueco entre telas mientras con la izquierda se cogía la nuca. 

La mano derecha viajó hasta la vulva y se entretuvo unos instantes para, posteriormente, dirigirse a la boca viciosa de A. No dudó en mirarme mientras introducía su dedo corazón entre sus labios y lo sacaba. Posteriormente lo llevó sobre su piel, por su cuello y su pecho, bajo la camisa todavía, donde pude apreciar sólamente que movía la mano. Volvió a sonreir y a morderse el labio. Su mano izquierda sacó la varilla que sujetaba el cabello y éste quedó libre, leonado.

Salió del círculo de tela que formaba la falda en el suelo y se agachó flexionando las piernas juntas, de lado, como una señorita formal. Recogió la prenda y la lanzó hacia la mesa también. Giró una de las piernas, abriendose completamente, quedando en cuclillas frente a mi, mostrando todo lo que la camisa no tapara, como una mujer pagada por ello. De nuevo juntó las piernas, esta vez ambas rodillas apuntaban a mi. Echó su cuerpo hacia atrás y apoyó sus manos. Levantó una de las piernas completamente, recta, larga, perfecta. Tacón, talón, gemelo, muslo, nalga, vulva apretada y brillosa. Se veía todo. Mantuvo el equilibrio unos instantes y volvió a recuperar la postura en cuclillas, para después levantarse otra vez.


Sus manos al fin separaron la camisa de su cuerpo. Igual que hizo con la chaqueta, primero descubrió sus hombros y bailó con ellos a su ritmo. Me di cuenta de que mi cadera también se movía ligeramente al ritmo de la música. No sabía qué hacer con mis manos desde hacía un par de canciones. Aparecieron sus tetas en mi vista. Preciosas, bamboleantes e hipnotizantes. Me dio la espalda y terminó de quitarse la prenda, descubriendo su espalda y su trasero, esos que ahora mismo deseaba coger, besar, morder, abrazar y apretar sobre mi torso y, completamente erecto golpetear a base de embestidas, violando  lo que había prometido.

Me calmé un poco y continué observando el maravilloso espectáculo. Come and try dice la canción, encima. Ven e intenta, es lo que A lleva diciéndome con sus gestos todo este rato. Abría los brazos y los cerraba. Movía su cabeza con fuerza para que su melena hiciera grandes arcos y su pelo no se enredara. Parecía loca, en trance. Pisaba con una de las piernas más fuerte que con la otra. Frotaba la camisa sobre su espalda hacia los lados haciendo eterna esta espera.

La camisa tuvo el mismo destino que el resto de prendas quitadas. Verla bailar completamente desnuda y desatada era excitante en extremo. Movía sus caderas hacia los lados, hacia delante y hacia atrás. Movía los hombros. Se agachaba, volvía a levantarse y yo no dejaba de mirar cada una de las curvas que la luz enrojecida ensombrecía.


Cogió una de las sillas de la habitación y se colocó de perfil. Se agachó, con las piernas en una vertical perfecta y la espalda horizontal. Sus pechos caían y sus brazos se apoyaban en el respaldo de la silla. Movía las piernas como si andara, sólo apoyando la punta del zapato. Apoyó esta vez las manos en el respaldo y levantó su cuerpo, arqueando la espalda hacia atrás hasta estar completamente extendida y vertical. Levantó los brazos y curvó un poco más su espalda. Su melena caía hacia atrás mientras seguía el movimiento de la música con la cadera.

Me dio la espalda nuevamente. Se agachó, nuevamente bien estirada, esta vez nada me tapaba la visión. Sus piernas rectas iban desde los talones hasta las nalgas. Entre ellas estaba la vulva que esta noche devoraría y follaría como un semental. Tras las piernas podía ver cómo A desabrochaba las cintas que cerraban los tacones que llevaba. Recuperó la postura erguida y se colocó de cara a mi. Me sonrió otra vez y, pícara, se colocó el dedo entre los labios mientras bajaba de esos tacones que parecían los pedestales de un monumento.

Se echó al suelo y como una gata empezó a moverse lentamente hacia el sofá. Llegó a mi pierna y restregó su cabeza por el pantalón subiendo sobre mi muslo. Subió poco a poco sobre el sofá, girando sobre sí misma, frotando su espalda sobre el asiento, dejando su rostro, sus brazos y sus tetas a mi alcance. Volvió a girarse y escaló un poco más, subiendo sus rodillas a mi lado. Mi corazón estaba a mil, pero estaba dispuesto a que fuera ella quien diese fin a la actuación a pesar de que yo la hubiese violado cien veces antes de llegar hasta ese punto.

Acercó su rostro al mio y la miré. Pero ella no buscaba mi rostro, buscaba mi oreja, mi cuello, y siguió ese camino hasta que noté sus labios sobre mi lóbulo. Colocó sus piernas a horcajadas sobre mi y no dudé ni un instante en  apretar con puro deseo su culo y comerme sus tetas. Sin lugar a dudas, el striptease había terminado.


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