13 octubre, 2009

La entrepierna pública (I)

El día se había levantado espléndido. Una luminosa mañana saludaba la ciudad desde temprano y la temperatura era templada, adecuada para ir de corto sin pasar frío por la calle. La calle olía a suave brisa marina y el aire balanceaba lentamente los árboles de parques y calles principales. Sin duda era un maravilloso día para salir a la calle a tomar el sol y un aperitivo con los amigos... en lugar de estar frente al ordenador en la mesa de la oficina con una montaña de papeles esperando.

A se lamentaba de su fortuna. Jugueteando con sus tacones sobre el reposapiés, tecleaba sin ganas y miraba la pantalla de su PC evitando posar su vista sobre los documentos que aún esperaban, clientes pendientes de tramitar que no eran capaces de valorar el cansino trabajo que estaba haciendo.
Las teclas dejaron de sonar, la mirada perdió el horizonte y la mente de A empezó un viaje hacia un mundo mejor. Estaba en la playa, pero no en una playa cualquiera. Estaba en una playa de arena blanca. El rumor suave del mar, turquesa cristalino, la relajaba. Las palmeras a pie de playa mecían sus hojas bajo el viento suave y el sol bronceaba todos y cada uno de los rincones de su piel. Al fin y al cabo, ¿quién necesita taparse en una isla desierta?
"De sueños no se vive", se recordó a sí misma cuando volvió a prestar atención al ordenador. "...pero los sueños son lo único que nadie puede robarnos".

Apenas el tocho de folios había bajado un par de documentos, cuando A volvió a evadirse. Recordó aquel chico con el que estuvo, un amante 10, que siempre se la ganaba entre las sábanas. Él sabía lo que le gustaba y a ella le encantaba recibirlo, ya fuese en la cama o en otras habitaciones, incluso en casas de amigos. Rememoró la vez en que estaban en casa de una amiga suya haciendo una fiesta. Todos habían bebido un poco y las risas de la sala de estar se escuchaban desde el bloque de enfrente. Había ido a retocarse el maquillaje al cuarto de baño cuando el chico irrumpió.
-¿Qué haces?- dijo A sonriendo.
-Shhhhh- respondió.

Cerró el pestillo tras de sí y comenzó a besarla apasionadamente poniéndola contra el lavabo. A se recolgó de su cuello mientras él la rodeaba con sus brazos. La apretaba con su cuerpo y le metía mano por todas partes. Llevó una de las manos de A hasta su cremallera para que sintiera la erección que tenía.
-Ufff, cómo estás, nene.

Siguieron besándose mientras él desabrochaba su pantalón. El miembro dio un respingo una vez libre de la ropa interior que lo aprisionaba. A lo asió con su mano y masturbó la carne caliente y dura. Sin apenas darse cuenta, los 3 primeros botones de su blusa fueron abiertos. Sintió la mano caliente levantando el sujetador aún cerrado por atrás y los pechos siendo liberados de la tela y presos por las manos.
Con un poco de fuerza, el chico bajó la cabeza de A que, encantada, se dispuso a saborear su improvisado pintalabios masculino. La morbosa situación y el buen hacer de A hicieron disfrutar al amante de una manera indescriptible. El cuarto de baño era estrecho y tuvo que contenerla un poco para que no se diese un golpe.

Volvió a levantarla y a besarla. Su sabor era ligeramente diferente, pero ahora estaba aún más excitada y entregada. Volvió a apoyarla contra el lavabo y levantó una de sus piernas apoyando el pie sobre la tapa del retrete. Su mano cálida hurgó bajo la falda y se llenó nada más encontrar la pequeña tela del tanga. El tanga estaba empapado y la falda tendría por debajo una mancha seguramente que después no podrían disimular, pero no era eso lo que les preocupaba ahora. Apartó el tanga y penetró con fuerza el coño abierto de A que recibió la polla con alivio y placer increíbles. Empujada hacia el lavabo y hacia arriba, tuvo que morderse la lengua para evitar que la escucharan desde fuera del baño. Además el chico no dejaba de atender a todos sus sentidos: la besaba, le mordía el cuello, tocaba sus pechos, al oído le decía cosas que le encantaba escuchar; todo sin dejar de mover el miembro dentro de ella.

No tardaron mucho en terminar aquella escena, ni los amigos tardaron mucho en comprender qué hacían aquellos dos en el baño.
A volvió a la realidad de nuevo. Era una lástima que ahora ese chico estuviera tan lejos. Miles de kilómetros eran muchos, tantos como obligaciones diarias. Pero A necesitaba un alivio como ese de vez en cuando.
No se había dado cuenta, pero había recordado la anécdota con tanto detalle que ahora estaba excitada. Sus pechos estaban duros; su ropa íntima estaba muy mojada y sentía la necesidad de un amigo cerca, muy cerca de ella.

Continuará...

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1 comentario:

Syd dijo...

Tienes muy buenas historias aqui, este me gusto en particular por como se dio la accion, el sitio, en fin, ha sido una buena mezcla de sensaciones.

Felicidades por tu blog, espero nos sigamos leyendo.